Después de la guerra de 1847 entre México y Estados
Unidos, California pasó a formar parte de la Unión
Americana. Veinte años después, aún se libraban
sangrientas batallas entre los antiguos pobladores y los nuevos inmigrantes;
mexicanos, indios yahís y americanos luchaban por la posesión
de esas tierras.
Esta es la historia de mi familia, los Moreno Gonzaga, que, como
muchos otros mexicanos, decidieron quedarse en California y defender
el suelo que los vio nacer.
Desde muy pequeña, mi madre, Doña Ramona Gonzaga,
me envió a un claustro. Jamás comprendí esa
decisión, puesto que yo nunca tuve vocación religiosa.
Tampoco entendí por qué mi madre nunca vino a visitarme
al convento ni permitió que mi hermano Felipe lo hiciera.
En esa época, los conventos católicos empezaron a
cerrarse. Gracias a ello pude regresar a lo que tanto amaba: mi casa,
mi querido hermano, mi nana, el campo, los caballos, los ríos
y... ¿Por qué no decirlo? Añoraba volver a ver
a mi mamá.
Las cosas habían cambiado en California: el pueblo de ‘Todos
los Santos’ que conocí en mi infancia pasaría
a ser llamado ‘Spurtown’. Un hombre sin escrúpulos
llamado Jack Green ostentaba ahora la estrella que simbolizaba la
autoridad de la comarca. Mi familia, la tribu de los yahís
y yo misma viviríamos en carne propia las atrocidades e infamias
de este hombre al que más bien se le podría calificar
de bestia. Su codicia y sed de sangre desencadenaron en él
las fuerzas del mal.
Casi al llegar a la hacienda y por accidente, me crucé en
el camino con el indio yahí Alejandro de Asís. Fue
un encuentro fugaz pero que me marcó para siempre; al mirarme,
sus ojos atravesaron mi corazón como una flecha.
Al llegar a la hacienda, todos me dieron un gran recibimiento; sólo
mi madre desentonaba en ese clima festivo. Su actitud fue fría.
Revelaba la poca gracia que le hacía mi llegada. Poco después
me percaté que dentro de ella habitaba un antiguo secreto
que cambiaría para siempre mi vida.
El destino me deparaba muchas sorpresas; la más grande de
ellas fue descubrir mi primer amor en la persona de Alejandro de
Asís. Esa pasión prohibida me perturbó a tal
grado que no tuve más remedio que confesárselo a mi
hermano Felipe. Tiempo después me enteraría de que
a él, mi llegada le despertó una pasión pecaminosa
que le causó tormentos del alma casi insufribles. Mi hermano
fue generoso, cercenó sus celos y se convirtió en cómplice
de mis amoríos con Alejandro, desafiando de esta manera a
nuestra propia madre.
Una noche en la que Alejandro y yo planeábamos fugarnos,
fuimos descubiertos por mi madre. Su ira se desató y Alejandro
tuvo que huir... Mi desesperación no llegó al límite
gracias a que me dejó un mensaje: regresaría por mí una
noche de luna llena...
Esta es mi historia
Ramona